lunes, 30 de diciembre de 2013

Capítulo 1.


Doce años después…

—¿Bueno, ¿qué te parece? —preguntó Lucero, mientras empujaba el folleto encima de la mesa. Ya se imaginaba lo que Fernando pensaría de las fotos de prometedoras playas de arena blanca, aguas cristalinas y noches tropicales.
Antes de responder, Fernando miró por la ventana del restaurante en el que se encontraban, observando las aceras cubiertas de nieve medio derretida y el cielo gris.

—En Nashville, la temperatura apenas va a conseguir llegar a los cero grados durante el resto de la semana —comentó, con una suave sonrisa que mostraba el hoyuelo que llevaba rompiendo corazones desde el instituto—. Sol, arena y sexo. ¿Qué me va a parecer? ¿Y a qué se debe esto?
—Se trata de una celebración. Estás frente a la nueva directora de marketing de Capshaw y Griffen. El título viene acompañado de un despacho con ventana y un buen aumento de sueldo.
—No lo puedo creer, Lucero. Eso es estupendo. Ya lo has conseguido —respondió él, con una amplia sonrisa que mostraba los hoyuelos en todo su esplendor.

Después de todos aquellos años como amigos, el corazón de Lucero latía un poco más fuerte cuando él sonreía de aquella manera.

—Me moría de ganas de decírtelo.
—Te lo mereces. Durante ocho años has trabajado muchísimo y eres muy buena en lo que haces. Tienen mucha suerte de contar contigo. ¿Cómo lo ha tomado Luis?

Pobre Fernando. ¿Durante cuántos almuerzos había tenido que sufrir las tribulaciones del mayor enemigo de Lucero, Luis Santander? Más o menos el mismo número que ella había sufrido con sus cambios de novias.

—Luis no se lo ha tomado muy bien. Skip Griffen y él son como hermanos. Más o menos consideraba que ese ascenso iba a ser para él. Presentó su renuncia esta misma mañana, cuando anunciaron mi ascenso. Si quieres saber mi opinión, me importa un comino.
—No me extraña. Ha hecho que tu vida sea un infierno durante estos dos últimos años. Más de una vez, me habría gustado encontrármelo en un callejón oscuro.
—No, ha sido mucho mejor así. No debería haber menospreciado a una mujer que está decidida a conseguir algo.
—Decidida a conseguir algo y con una competitividad enorme. Déjame que te pregunte una cosa, ¿eres acaso la directora de marketing más joven en la historia de tu empresa?
—Por dos años —respondió Lucero, sin poder reprimir una sonrisa—. Y tú no te quedas atrás, Fer. Eres el mejor vendedor que Rooker Sports Equipment tiene en el sureste.
—Y ese aumento de sueldo… ¿es muy grande?
—¿Me estás preguntando si voy a ganar más dinero que tú? ¿Se trata de eso? No te lo diré nunca —comentó, con una sonrisa.
—Ya sabes que podría aprovechar cuando te pille descalza y hacerte cosquillas hasta que lo confieses.
—Serías hombre muerto. Digamos solo que te estoy alcanzando a gran velocidad. Bueno, ¿quieren venir tu novia y tú con Armando y conmigo a Jamaica? —le preguntó, mientras se servía un poco de ensalada—. Anda! Sería mucho más divertido si ustedes van con nosotros. Por cierto, ¿quién es tu novia ahora?
—Se llama Macarena y es una chica muy guapa.
—Sí, claro. Todas los son —replicó Lucero. Y era cierto. Incluso después de pasar a la siguiente, Fernando se las arreglaba para llevarse bien con ellas. Nunca se cansaba de sorprenderla y de enojarla—. Cambias de novia con tanta facilidad como se cambia de canal.
—Hay muchos buenos programas, Lucero. Si permaneces en un canal demasiado tiempo, te puedes perder algo bueno en otro.

Lucero sacudió la cabeza. No le parecía que aquel fuera el modo más adecuado de enfocar una relación. Estaba preocupada por Fernando y su incansable flujo de relaciones sin importancia.

—¿Qué es lo que hablas con esas mujeres tan guapas, pero tan poco inteligentes con las que sueles salir?
—¿Estás tratando de decir que una mujer inteligente no saldría conmigo?
—Por supuesto. Ninguna mujer en sus cabales saldría con un hombre que cambia de canal tan rápidamente como tú.
—Tal vez tenga un mando para cambiar de canales impresionante…

Una reacción completamente femenina la sacudió de la cabeza a los pies, lo que hizo que las señales de alarma se dispararan dentro de ella. No pensaba decirle que se había preguntado sobre su mando en algunas ocasiones, tarde, cuando estaba en la intimidad de su dormitorio. Sabía que eso, por muy impresionante que fuera, no tenía cabida en una amistad.

—No te metas en ese terreno. Y no trates de cambiar de tema. Bueno, ¿de qué hablan?
—De cosas… No espero una conversación muy profunda con una novia —replicó él, encogiéndose de hombros.
—Menos mal, porque si no se te acabaría la suerte…
—Si quieres hablar de la paz mundial, encantado.
—Lo he estado pensando —prosiguió ella—. He decidido que eres retrasado emocionalmente y que yo te lo facilito —añadió, solo medio en broma. 

¿Era su amistad la razón por la que no dejaba de tener una relación detrás de otra? Si ella fuera un hombre, ¿trataría Fernando de conseguir una relación más profunda con las mujeres con las que salía?

—Soy un hombre. Se supone que debo ser retrasado emocionalmente.
—Pues lo haces muy bien. Sí, sí, ríete. Un día, alguien te va a romper el corazón. Y bien roto.
—No. Eso no va a ocurrir nunca.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Se cambia de canal antes de que a uno le interese demasiado el programa. Además, en el improbable caso de que eso ocurra, te tengo a ti para que me ayudes a recoger los trozos. ¿Estás segura de que Macarena y yo no vamos a estropearle el plan al cerebrito si nos unimos a ustedes en estas vacaciones?
—Estoy segura de que a Armando no le importará cuando se lo mencione.
—¿Todavía no lo sabe? Eres increíble. Lo preparas todo y luego le das las fechas para que sepa cuándo tiene que presentarse.
—Más o menos —admitió Lucero—. Ahora está a punto de conseguir también un ascenso y está muy ocupado.
—¿Hablan los dos de algo que no sea el trabajo?

Armando, que era profesor asociado de Literatura Griega y Romana en la Universidad de Vanderbilt se tomaba muy en serio a sí mismo.

—De vez en cuando. A los dos nos vendrían muy bien unas vacaciones —respondió Lucero.

En realidad, Armando era tan serio que un toque de frivolidad le vendría muy bien. Esperaba que aquellas vacaciones dieran una nueva vida a una relación algo estancada. Los dos habían estado trabajando muy duro. Un poco de relax les vendría muy bien a ambos.

En aquel momento, su camarera de siempre, Naomi, se acercó a la mesa.
—¿Qué tal estuvo todo? —preguntó. Fernando levantó el pulgar a modo de respuesta—. Estupendo. ¿Van a compartir hoy un postre?
—No —respondió Lucero, pensando en la playa y en el traje de baño.
—Sí, claro que sí. Una Baklava y dos tenedores.
Naomi sonrió y se marchó. Fernando afectaba a las mujeres de ese modo. Jóvenes, viejas, No importaba. Las seducía a todas.
—Solo tomaré un poco. No me dejes comer más que un bocado.
—De acuerdo. Te detendré después de un bocado —dijo él, mirándola atentamente. Entonces, se reclinó en el asiento y cruzó los brazos sobre el pecho—. ¿Qué pasa ahora? —añadió, notando enseguida que Lucero tenía algo más que decir—. Te lo veo en la mirada.
—¿Qué mirada?
—Tienes en los ojos esa mirada que dice que tienes un plan.
—De hecho, sí, tengo un plan —replicó ella. Siempre había vivido con un plan. Le gustaban. Gracias a un plan había conseguido sus objetivos profesionales. Había llegado el momento de dedicarse a la vida personal—. Tener un plan no es ningún delito.
—Cuéntamelo. ¿De qué se trata ahora? ¿De alcanzar la vicepresidencia en dos años?
—Bueno, me gustaría, pero esta vez se trata de algo más personal.
—¿Vas a empezar a dar clases de yoga?
—No, pero no me importaría. Quiero ver si Arenas Calientes podría ser un lugar adecuado para celebrar una luna de miel. Armando y yo llevamos casi un año saliendo. Cuando él consiga su puesto, deberíamos considerar comprometernos.
—¿Comprometerse? ¿Luna de miel? —preguntó él, atragantándose por la sorpresa.
—¿Necesitas que te dé un golpe en la espalda? —Dijo Lucero, sin comprender por qué se sentía tan culpable.
—¿De verdad te casarías con él?
—¿Es que no te cae bien Armando?

En realidad, sabía que aquella era una pregunta algo estúpida. Desde su primera cita a los dieciocho años, Fernando siempre les había encontrado algún defecto a todos sus novios, lo mismo que le pasaba a ella con las mujeres que entraban y salían de la vida de su amigo.

—Está bien, pero no para casarse. ¿Y por qué necesitas un marido?
—No necesito un marido. Quiero un marido. Acabamos de cumplir los treinta años. Quiero envejecer al lado de alguien.
—¿Te acuerdas de cuando nos pinchamos los dedos e hicimos un juramento cuando teníamos nueve años? Nos prometimos que siempre seríamos amigos. Nos haremos viejos juntos. Mira. Hemos cumplido los treinta. Ya nos estamos haciendo viejos.
—No me refiero a eso. Quiero una familia.
—Pero si ya tienes a tu tía Alejandra y a tu tío Rafael.
—Sí, son maravillosos, pero no son mi familia de verdad. Se hicieron cargo de mí cuando mis padres me dejaron tirada, pero no somos una verdadera familia. Somos más bien una familia por obligación. Mis padres… que te voy a decir al respecto. Quiero construir mi propia familia.
—Nosotros somos como una familia…
—Sí, puede ser, pero yo quiero tener un anillo en el dedo que simbolice un compromiso. Quiero un marido que regrese a casa todas las noches y tener un hijo dentro de unos pocos años. Quiero la familia que nunca he tenido.
En aquel momento, Naomi colocó el postre entre ambos y señaló el folleto de Arenas Calientes.
—Parece un lugar fantástico —comentó—. ¿Van a ir ahí?
—Lucero cree que tiene potencial como lugar para celebrar una luna de miel.
—Me siento algo mareada —dijo la mujer, agarrándose la blusa—. Los dos llevan viniendo aquí una vez a la semana durante siete, tal vez ocho años. Todos los jueves a las doce y media. No puedo creer que, por fin, estén juntos.

Lucero reprimió una extraña sensación al escuchar las palabras de Naomi. La camarera no había sido la primera persona a lo largo de los años que había especulado con que Fernando y ella sentían algo más que amistad por el otro, pero se equivocaban.

—No hay razón para marearse, Naomi. Solo somos amigos.
Fernando tragó saliva y sonrió.
—La estoy ayudando a ver si este sitio está bien para celebrar una luna de miel con otro hombre. ¿Para qué si no están los amigos?



Haciendo malabarismos con un tarro de sopa Wonton, pollo Dragón y seis cervezas, Fernando llamó a la puerta de Lucero. Se imaginó que sería mejor matar dos pájaros de un tiro. Podrían ver el partido de hockey que había en televisión al tiempo que él trataba de inyectarle algo de sensatez a Lucero en el tema del matrimonio.
El viento era tan helado que estaba deseando llegar a Jamaica. Esperaba que Lucero recuperara la cordura antes de que se marcharan para que pudieran disfrutar de aquella semana de sol, arena y sexo… no necesariamente en aquel orden.

Volvió a llamar a la puerta.
—Un momento —dijo ella, mientras le abría la puerta.

Llevaba su atuendo típicamente dominguero, un viejo pantalón, calcetines gruesos, y una sudadera muy amplia. De hecho, era de Fer. Sus sudaderas terminaban, sin que pudiera explicárselo, en el armario de Lucero.

—¿Qué has traído? Estoy muerta de hambre.
—Comida china —respondió él, mostrándole los paquetes.
—Genial. Entra. Deja la comida en la mesa y pondré las cervezas en el refrigerador.

Fernando dejó los paquetes encima de la mesa de café, que estaba cubierta de periódicos. Sacudió la cabeza y sonrió. Para ser la reina del orden en el trabajo, era muy desordenada en casa. Se quitó la chaqueta y la dejó encima de la ella, en el sillón.

Mientras Lucero sacaba platos de cartón de la cocina, Fer encendió la televisión y abrió los paquetes de comida. El fuego ardía en la chimenea. La casa de Lucero siempre resultaba muy acogedora.
—¿Quieres una cerveza ahora? —preguntó ella, desde la cocina.
—Sí.
Bridgette, la perra Collie que Lucero había adoptado en un albergue de animales, se acercó a él y apoyó la cabeza sobre la pierna de Fernando.
—Hola, bonita. No me vas a engañar. Ya te conozco muy bien. Es la comida lo que te interesa —dijo Fernando, mientras la perra lo miraba con sus solemnes ojos castaños—. Olvídalo. Esto no es bueno para perros.
Lucero regresó a la sala, con platos servilletas, cubiertos y dos cervezas.
—Ten cuidado —comentó, riendo—. No sabe que es un perro.
—Es muy lista. Yo creo que sí lo sabe —comentó, mientras Lucero se sentaba en el sofá y empezaba a servirse un poco de sopa. Él hizo lo mismo con el pollo—. ¿Qué vas a hacer con ella mientras estemos en Jamaica?
—La tía Alejandra y el tío Rafael se van a quedar con ella. A los que no tienen casa no les dicen que no —comentó, con una cierta melancolía.
—No creo que les cueste cuidar de lo que aman —replicó Fernando. Su hermosa Lucero… ¿Cuándo iba a darse cuenta de que sus tíos la querían por sí misma?—. Bridgette estará con ellos mucho mejor que en una perrera.
—Eso es lo que yo creo. Bueno, ¿vamos a ver el partido o no?
—Apuesto cinco dólares a que los Rangers ganan a los Flyers.
—De acuerdo.
Durante la primera parte, Fer disfrutó de la animación de Lucero más que del partido. Con un poco de competitividad, ella brillaba.
—¿Has visto eso? ¿Has visto ese movimiento? Debería haberle pegado—gritó ella, con sus ojos avellana llenos de ira. Tenía el cabello castaño algo despeinado por donde se había pasado las manos.
—Das miedo… —comentó él, riendo.
—Sí, bueno. No lo olvides —replicó ella. Fernando estaba a punto de hablar de Armando cuando ella volvió a hablar—. Bueno, ¿quiere venir Mariana a Jamaica?
—Se llama Macarena. Y sí, está encantada con el viaje.
—¿A qué se dedica?
—Es científica de cohetes espaciales.
—Sí, claro —replicó ella, mientras tomaba un poco de brécol—. Ándale, dime la verdad. ¿A qué se dedica?
—De verdad es científica de cohetes espaciales. Licenciada en Física Cuántica.
—¿No me estás tomando el pelo? —insistió Lucero, atónita.
—No. Además, habla cinco idiomas —añadió él. En realidad, no le importaba. No estaba buscando una relación a largo plazo. Macarena era muy divertida y muy guapa.
—Oh.
—Sí. Supongo que hay al menos una mujer inteligente que está dispuesta a salir conmigo —dijo él, recordando el comentario que Lucero había hecho el jueves.
—¿Y cómo es?
—Fue Miss Texas.
—Oh… Bueno, en ese caso, estoy deseando conocerla.
—Y ella también tiene muchas ganas de conocerte a ti.
—Claro… —susurró ella, mirándose cómo iba vestida.
—Estás muy limpia hoy.
—Gracias… creo.
—Solo estaba bromeando. Me parece que estás estupenda tal y como estás ahora —susurró él.

Fernando extendió la mano y le quitó un poco de salsa del labio inferior con el pulgar. Se detuvo más de lo necesario, mientras sentía que un extraño calor se apoderaba de él.

—Muy sexy…

Lucero lo miró como si hubiera perdido la cabeza. Al ver la reacción de ella, Fernando apartó rápidamente la mano. Era Lucero. Algo se había reflejado en sus ojos. ¿Cautela? ¿Deseo? Desapareció en un instante.

—Muy bien —dijo ella, volviendo al camino más seguro de la amistad—. Queda mucha ternera con brécol, si te apetece.
—Claro —comentó Fernando, mientras se servía un poco en el plato para tratar de cubrir la incomodidad que él mismo había introducido. Había querido hacerle un cumplido y había terminado a punto de lanzarse sobre ella—. Entonces, ¿a Armando no le importa que Macarena y yo vayamos con ustedes?
—Cuando hablé con él por teléfono estaba algo distraído, pero creo que le pareció bien.
—¿Has pensado bueno eso de… con Armando? —preguntó. No pudo pronunciar la palabra matrimonio.
—Claro que sí. Yo lo quiero. Nos llevamos bien. Es estable, me puedo fiar de él. Creo que es un buen hombre.

Maldita sea. Fernando sabía que, si no hacía algo, Lucero terminaría casándose con Armando solo por ver que su plan había funcionado. Armando no era el hombre adecuado para ella… Fernando no sabía exactamente por qué, pero lo sabía…

Si estaba tan decidida a buscarse marido, él la ayudaría. Más tarde, tal vez cuando hubieran regresado de Jamaica. Alguien que apreciara su belleza y su multitud de cualidades, pero no tan débil que no pudiera enfrentarse a su fuerte personalidad. Ese alguien no era Armando.

Fernando suspiró. Tendría que encontrar un modo de convencerla, porque los amigos no dejaban que sus amigos se casaran con la persona equivocada.

Prólogo


—No me importa si te invitó al baile o no. Solo está tratando de llevarte a la cama. Miguel es un obseso.
Fernando Colunga estaba frente a su mejor amiga, Lucero Hogaza, con los brazos cruzados sobre el pecho y un gesto de testarudez en el rostro. Era un caso típico en el que uno no veía sus propias faltas, aunque a Fernando nunca se le había ocurrido llevarse a Lucero a la cama y Miguel no era un ser tan promiscuo como él decía sino solo un tímido muchacho que se había enamorado de ella.
—Según tú, todos son obsesos, idiotas o delincuentes. Además, solo me ha invitado al baile de fin de curso, no a la habitación de un hotel. Por el amor de Dios, Fer, lo único que hizo fue besarme y pedirme que saliera con él.

Lucero era probablemente la única chica de dieciocho años de todo el instituto a la que no habían besado hasta aquel día. Se imaginaba que principalmente se debía al hecho de que las chicas inteligentes, sinceras, altas y de pecho plano no solían tener a los chicos haciendo fila para salir con ellas. Sin embargo, también se debía al hecho de que Fernando se había autodenominado en su perro guardián. Por si aquello fuera poco, Fernando, además de ser su amigo, era el chico de dieciocho años que más solía besar a las chicas. Y los buenos amigos no se besaban, ¿verdad?

Por eso, a Lucero se le había ocurrido un plan. Así que, cuando Miguel Alvarado se había decidido a besarla, había estado más que preparada. El beso de Miguel no estuvo mal, pero, de repente, Lucero empezó a preguntarse si un beso de Fernando estaría mucho mejor.

Lucero estudió a Fernando desde ese trance en el que se encontraba. Era guapo, fuerte, cabello quebrado y castaño y ojos cafés que denotaban a la perfección con el resto de su cuerpo. Fernando no era el chico más guapo del instituto, ni el más inteligente, ni si quiera el más atlético, pero poseía algo mucho más poderoso. Fuera lo que fuera, lo tenía. Las chicas caían rendidas a sus pies desde que estaba en Primaria.

—Tendré que tener una pequeña charla con Miguel Alvarado.
—Mira, no creo que haya que ponerse así por un beso. No es nada si te pones a pensar que hay chicas en el instituto que ya son madres.
—Lu, no estarás pensando…
—Yo no quiero tener un niño, tonto, pero un beso y una cita para el baile de final de curso no me parece para tanto. Gracias a mi pecho plano y tus charlas con todos los chicos que se han parado a mirarme, ya voy algo retrasada en todo esto.

Lucero le había dado la oportunidad perfecta para desplegar el encanto que utilizaba con el resto de las chicas, con las de curvas perfectas, de gran pecho y guapas, y le dijera que ni su pecho plano ni sus largas piernas tenían importancia. Esperó su respuesta, con el corazón latiéndole más fuerte que cuando Miguel la había besado.

—Pero Lucero, tú no conoces a los chicos del modo en que los conozco yo —replicó él, metiéndose las manos en los bolsillos y mirando a todas partes menos a cualquier zona cercana al pecho de Lucero. ¿Había avergonzado el asunto de sus casi inexistentes pechos al rey de los Casanovas? ¿Qué era lo que había provocado aquella incómoda tensión entre ellos?

Lucero miró a las rosas que florecían en el jardín, sintiendo que la vergüenza se apoderaba de ella. Motas, uno de los numerosos gatos callejeros que la tía Alejandra había adoptado, tomaba el sol en los escalones de la entrada principal a la casa de los tíos de Lucero.
Poco a poco, el corazón volvió a latirle con normalidad. Era una tontería que hubiera pensado que Fernando podría considerarla algo más que una amiga. Solo se sentía algo inquieta por todos los cambios que se avecinaban sobre su vida. La graduación en el instituto, comenzar la universidad en el otoño… ¿Seguirían unidos Fernando y ella o acaso conocería él a alguna chica en la universidad y dejaría de necesitar su amistad?

—Claro que conozco a los chicos. Tú eres un chico. Tengo una buena perspectiva sobre ese agujero negro que es la mente masculina. Por eso tuve que pensar en un plan.
—¿Otro de tus planes? —gruñó Fernando, mientras se pasaba una mano por el cabello.

Efectivamente, los planes de Lucero salían mal en algunas ocasiones, como aquel experimento de cuarto curso. Fernando tenía que superar aquello. Después de todo, solo había tenido el pelo de color rosa durante un par de días.

—Hacer planes tiene mucho sentido… —replicó ella. Ya había planeado los próximos años de su vida mientras que Fernando estaba tratando todavía de decidirse por una universidad.
—Tienes que aprender a dejarte llevar, Lucero.
—Si se hace un plan, uno debe atenerse a él.

En aquel momento se abrió la puerta principal y la tía Alejandra salió al jardín de la entrada, con dos de sus gatos, Lilly y Millie, pisándole los talones.
—Cielo, me marcho a la tienda. Quiero hacer ese pastel de chocolate que tanto te gusta para tu fiesta de graduación y también necesitamos comida de gato. El tío Rafael está en su estudio. Está teniendo problemas con su trozo de piedra, así que creo que es mejor que no te acerques a él.

En los doce años que Lucero llevaba viviendo con ellos, había aprendido que era mejor no molestar al tío Rafael cuando estaba esculpiendo en su estudio. En aquellos momentos se convertía en un ogro.
Lilly se enroscó entre las piernas de Fernando, mientras que Millie se sentaba en el regazo de Lucero y se quedaba dormida.

—¿Necesitas algo? —Preguntó la tía Alejandra—. Fer, ¿te vas a quedar a cenar?
—No necesito nada —respondió Lucero, mientras acariciaba distraídamente al gato. Entonces, se asomó para mirar el acceso al garaje de una casa que estaba un poco más abajo—. Tu padre no está en casa, Fer —añadió. Él ni siquiera se molestó en mirar.
—Claro, me quedaré a cenar —comentó Fernando, que casi nunca rechazaba una invitación, principalmente porque nunca sabía si su padre y la novia de este iban a estar en casa. Lucero sabía que se reunía con ellos más por la compañía que por la comida.
—Por cierto —dijo Alejandra—, Luz llamó esta tarde —añadió. Como cada vez que alguien mencionaba el nombre de su madre, a Lucero le dio un dolor en el estómago—. Antonio y ella no pueden venir a tu graduación, después de todo.

Aejandra le habló con un tono de voz suave y de disculpa, como siempre que le daba a Lucero noticias de que sus padres no irían a verla. Doce años atrás, Lucero y sus padres habían ido a Nashville procedentes de Florida, estado en el que vivían de ciudad en ciudad. Habían dejado a su hija "de visita" con su tía Alejandra y su tío Rafael, pero Lucero no los había visto desde entonces. Nunca habían regresado. Lucero había perdido la cuenta del número de ocasiones en las que habían prometido ir a verla para luego no aparecer.
El alivio se enfrentó a la ira. Alivio porque no tendría que verlos e ira, una vez más, porque su hija no les importara nada en absoluto. Decidió adoptar una expresión neutral y mantener la voz firme.

—En realidad no los esperaba, pero gracias por decírmelo.
La tía Alejandra la miró durante un instante y luego se puso las gafas de sol.
—No tardaré mucho tiempo.
Nunca había salido por la puerta sin decir aquella promesa desde el día en el que había dejado su trabajo como auxiliar de vuelo después de que Lucero, que entonces tenía seis años, hubiera sufrido un ataque de pánico por su ausencia de dos días.

Lucero trató desesperadamente de tragarse el nudo que se le había hecho en la garganta y vio cómo su tía se metía en el coche. Llevaba algún tiempo pensando que, tal vez aquella vez, sus padres…
Fernando se sentó a su lado y volvió a poner el ambiente en funcionamiento. La estrechó entre sus brazos, acariciándole el cabello en un familiar gesto de consuelo. Hacía doce años la había consolado del mismo modo, cuando la encontró llorando en los bosques que había detrás de su casa, cuando ella había comprendido por fin que sus padres no iban a regresar. Lucero lo había consolado a él del mismo modo cuando Fernando le había confesado que su madre se había emborrachado una y otra vez hasta causarse la muerte unos meses atrás.

—Son unos tontos, Lucero...

Ella lo miró. Las lágrimas que luchaba por contener en los ojos le nublaban sus rasgos. Reconocía el dolor que lo desgarraba a él. Cada vez que sus padres la defraudaban a ella, Fernando volvía a perder de nuevo a su madre. Entonces, Lucero repitió las palabras de consuelo que se habían ofrecido el uno al otro a lo largo de su infancia.

—No podernos elegir a nuestros padres, pero podemos elegir a nuestros amigos. Y yo te elegí a ti.
Lucero colocó la cabeza sobre el hombro de Fernando y pudo controlar el temblor de deseo adolescente que le corrió por la espalda al sentir aquel contacto. Los novios iban y venían, pero los amigos eran para siempre.